lunes, 8 de marzo de 2010

UN PROFETA Y CELDA 211: LA CONSTANTE CAÍDA DEL CABALLO

Por Javier Mateo Hidalgo



Si San Pablo de Tarso tuvo que caerse una vez del caballo para ver la luz de la fe, encontrar sentido a su vida y ver las cosas claras, creo que a estas alturas por mucho que me siga cayendo (de un caballo o de un burro) la mona dejará de vestirse de seda. He tenido la oportunidad de ver en menos de una semana dos películas de género carcelario: “Un profeta” de Jacques Audiard y la reina de los Goya 2010 “Celda 211” (después del otro producto de Telecinco, “Ágora). Si bien es cierto que la segunda, comparada con la primera, es algo totalmente edulcorado, al menos sí consigue mantener un ritmo de interés. El film francés nos oferta una especie de decálogo sobre “el posible ascenso de un hombre gracias a la cárcel”, extraña paradoja que nos hace pensar. El español es mucho menos pretencioso, pero consigue demostrar que la sencillez es un buen medio para captar la atención del espectador. Por esto mismo afirmo que nunca dejaré de sorprenderme. ¿Cómo puedo caer en algo tan bajo a estas alturas? Lo cierto es que esa “falsa humanidad” de la bondad de los presos frente a los malvados que se pasean por la calle con chaqueta y corbata con una mentalidad mucho más sucia consigue penetrar fácilmente gracias al melodrama (que por otra parte nos advierte de su propia ficción) y esto resulta doblemente peligroso. Audiard también tiene algo de esto, solo que en este caso los personajes pretenden ser más fieles a lo que verdaderamente sucede en los casos reales: una cierta deshumanización donde se pierde el principio original del que termina por corromperse, del que cambia absolutamente su vida por unas circunstancias forzosas (el encarcelamiento). Aquí podemos encontrar de nuevo similitudes, véase el caso de los personajes de Malik El Djebena (interpretado por Tahar Rahim) y Juan Oliver (Alberto Ammann), trastocados por el propio transcurso de las historias. En el fondo, quizás, la ganadora del premio César nos está hablando de una historia de mafias, a pesar de contar la historia de este musulmán que acaba haciéndose amigo de los corsos. Por eso, una sucesiva tanda de “encargos” por los que ha de pasar el aspirante a mafioso puede acabar por saturarnos. No es necesaria la pormenorización de todas las vicisitudes y, sin embargo, se incluyen hasta la extenuación una tras otra. Incuso los momentos más oníricos son mal transportados a este ambiente, resultando incluso molestos dentro de esta fábula de incorrecta moraleja.
En cualquiera de los casos, la corrupción acaba volviéndose necesaria, pero la encontramos sin embargo injustificable en los funcionarios de prisiones. Esta idea de estado desvirtuado acaba dando la razón a los que se vuelven “molestos en él” porque no bajan la cabeza ante él, porque saben más como cocineros que como frailes.
A pesar de un guión mucho más primitivo, la “Celda” consigue de mí lo que la sofisticación del profeta debería de llevar en sus ventajas de calidad (y no olvidemos que el guionista es vasco y algo debería de arrastrar de nuestro atraso). Por eso digo que no dejo de sorprenderme. En una conseguí desconectarme de la historia, mientras que en la otra ni siquiera me planteé sin estaba o no conectado.
Ninguna de las dos historias me informó de nada extraordinario, pero tampoco lo buscaba. Sabía a lo que iba. Una especie de estudio desde una tarea inventada y nunca impuesta. Una especie de negociador, por decirlo de alguna forma, que traspasa un umbral con pie firme, sabiendo al juego al que se enfrenta. No dejándose engatusar por este “oro y el moro” que acabó siendo del que cagó el mismo señor otras tantas veces.
De Daniel Monzón poco puedo decir. Un director en cuyo currículum se encuentran obras como “El robo más grande jamás contado” y críticas de dudoso gusto (como aquellas que utilizó para ensañarse contra películas como “El detective y la muerte”- película, a mi juicio, de mayores aspiraciones cinematográficas que las que él plantea en historias como “El corazón del guerrero”). De Audiard podemos incluir aquello de que “de casta le viene al galgo”, por lo de la excelente labor que su padre (Michel Audiard) desempeñó como guionista. Creo que las comparaciones son odiosas, por eso me limito a no engrosar más mi lista (negra o blanca, depende del ojo con que se mire) y dejar claro lo de que “las opiniones vertidas…” sigan al menos en la línea en la que he decidido mantenerme.

jueves, 4 de marzo de 2010

PERROS DE PAJA (STRAWDOGS). SAM PECKINPAH, 1971

Por Javier Mateo Hidalgo



Si Garci consideraba su “Luz de domingo” un western asturiano, bien podríamos atrevernos a asegurar que la modernización de un género tal solo podría venir de manos de aquel que bien lo conoció y supo aprovechar sus últimas bocanadas, estertores o coletazos: Peckinpah.
El personaje que encarna este Dustin Hoffman de primera comunión, es un David Summer totalmente descontextualizado, traicionado en este entorno hostil hasta por su pareja sentimental, Amy, una Susan George deslumbrante y cegadora, desconcertante para la pérdida de los cinco sentidos (comunes). Este estudiante matemático se enfrenta a estas fuerzas irracionales, hechas de tripas y whisky. Quizá su comportamiento llegue a escamarnos, nos enerve hasta límites insospechados. Justamente la coherencia nos resulta antipática, democráticamente insoportable en esta pequeña villa londinense.
Lo cierto es que Strawdogs resulta completamente hostil para los malacostumbrados que precisan de cintas-transición como “El valle de la violencia”, “Los malvados de Silver Creeck” o la misma “Grupo Salvaje” del propio director. Esa violencia que nada intimida, que se convierte en mecánica de acción edulcorada: esos valientes que mueren con las botas puestas, que se cuentan por miles (tantos como los que caen en una batalla totalmente despersonificada, donde lo que habla es la masa de indios y vaqueros). Aquí no, aquí en este grupo de cinco perros de paja, los rasgos de estos cinco rostros son perfectamente descriptibles. Aquellos que engañan a un solo hombre, aquellos que no son por tanto, tantos aguerridos luchadores. Los que se enfrentan contra uno, resultan más creíbles que los quinientos contra el mismo contrincante (por mucho que el atrevido retador conozca de la filosofía oriental y sea capaz de dominar con su cuerpo tantas fuerzas opuestas que sobre él se ciernen).
El valiente vaquero, o, al menos, el parsimonioso personaje, hace uso de la típica frase: “Prepárame café”. Cuando debe enfrentarse a una empresa, lo único que sale de su experimentada boca es la orden educada de tomar cafeína (fenomenal para controlar los nervios, todo sea dicho de paso). Bueno, creo que este comentario es injusto ¡pero es que me retrotrae a tantas películas…! Es, no sé, como una voz unificadora de tantos dobladores que uno recuerda y que desearía volver a escuchar… A veces, para mantener vivo el recuerdo, tengo el capricho de ver una película doblada para capturar de nuevo la misma sensación que de niño sentí… la obra completa (tal como yo la concebía).
Verdaderamente, volviendo a lo anterior, es esta estoicidad digna de algunos especímenes (dicho con cariño) de la vida real. La hija de mi tío, cuando pequeña, le preguntaba como duda ante este personaje a resolver: “Papá ¿este señor es tonto?”
Bueno, finalmente no es tanta la tontería tonta junta. Sin embargo, así como aparece en un primer momento un personaje femenino infantil, provocador, vamos observando a lo largo de su historia cómo este descubre que a veces, los juegos, en la edad adulta, son bastante peligrosos. Sigue resultando, aún así, un personaje imán de odios para los espectadores. Es la perdición, junto a aquella casa de campo en las afueras y aquel personaje grandullón y atontolinado, del protagonista.
Respecto a los ingenios técnicos, cabe destacar el montaje machacador en la psicología de la muchacha profanada. Eso de la violencia directa y explícita, no lo lleva bien el director. En lugar de la salsa de Ketchup, opta más bien por narices de sátiro, risas indigestas y reducción del campo de seguridad. Los juegos crueles de los “amenazadores invitados a sueldo” también ayudan a esta angustia que, con mayores o menores pasos, va acrecentándose en intuitivos avisos de lo que puede que suceda.
Peckimpah, en todos los sentidos, es una bestia cinematográfica, y los demás, presas fáciles.

http://aura-archangemaudit.blogspot.com/2008/05/sam-peckinpah-visto-por-gonzalo-surez.html

martes, 2 de marzo de 2010

Heavy Rain, una película interactiva

Por Luz Quiñonero


Éste es un tema que quería abordar y no encuentro mejor momento para hacerlo que ahora que acaba de salir Heavy Rain.
Se trata de un videojuego que nos propone ser protagonistas de lo que casi puede considerarse una película. Muchos habremos leído novelas de “busca tu aventura”, en los que decides entre varias opciones al acabar el capítulo y te envían a diferentes páginas para continuar. En videojuegos ya hemos visto algunos similares, el más sonado su predecesor: “Farenheit”, de la misma compañía.
En este caso nos encontramos con una historia tipo thriller donde controlamos a varios protagonistas que rodean un caso de asesinatos en serie: un padre preocupado por su hijo, un agente del FBI, un investigador privado y una chica; y otros personajes menores. Lo que hace destacar a este videojuego es su gran narración pseudo-cinematográfica. Dentro de cada escena uno puede controlar su personaje y “cambiar de cámara” para facilitar la jugabilidad, y esto se combina con vídeos interactivos donde cada pulsación y movimiento del mando (generalmente coherentes con la acción) tiene su repercusión. Todo lo que hagamos o dejemos de hacer tiene consecuencias en la historia, y en ningún caso se detiene ocurra lo que ocurra a los personajes. The show must go on.
Desglosando un poco la historia, nos encontramos con recursos de ritmo tipo argumental muy normales: violencia, acción, sexo (light)... Pero sin duda lo que otorga mayor ritmo al juego es que tú mismo puedes imprimirle ritmo: adelantar acontecimientos o alargar charlas depende de ti.
Visualmente apreciamos todos los planos habidos y por haber, enfoques selectivos combinados con profundidad de campo, claves altas y bajas según la escena, angulaciones, cambios rápidos de cámara en las escenas de acción (hasta las decisiones con el mando son más complicadas mientras se mueven por la pantalla) y secuencias más detenidas en otras situaciones... un sinfín de recursos. Hay ocasiones en las que la imagen se divide para mostrarnos varios eventos simultáneos a la vez, y consiguen generar una tensión especial. Quizá los gráficos algo desfasados en ciertos casos como el movimiento de los cuerpos te sacan un poco de contexto, pero cualquiera que no lo juegue y solamente lo vea podría estar contemplando la miniserie del momento. La banda sonora contribuye genialmente y el doblaje es un poco variopinto pero bastante bueno.
¿Acaso estemos contemplando un nuevo género en el cine, híbrido de videojuego? Me gustaría imaginarlo en pantalla grande.