viernes, 26 de febrero de 2010

TODOS SOMOS NECESARIOS. JOSE ANTONIO NIEVES CONDE (1956)

Por Javier Mateo Hidalgo



El título de esta película es esclarecedor para una información previa en el espectador. La importancia de la nominación en cine puede serlo en mayor o en menor medida, con más o con menos ojo, con intención poética siempre. Así por ejemplo, titular fácilmente por el tema una obra puede suceder en ciertos casos. Por ejemplo: “El milagro de Fátima” o “Don Quijote de la Mancha”. Sin embargo, puede emplearse para la misma tarea un análisis de otro tipo, véase “El loco del pelo rojo” por Van Gogh o “Esmeralda la Zíngara” para El Jorobado de Notre Dame. Un caso que efectivamente se ha dado por partida doble es el de “Cielo sobre el pantano” para el mismo tema que la película “Santa María Goretti”. No quiero explayarme mucho más, tan solo dar importancia a algo que nos introduce o no en el cine en muchos casos.
Después de “Surcos”, Nieves Conde ataja de nuevo un problema creado por la sociedad en los hombres. La primera imagen (acompañando a los títulos” de un río de presos atravesando un pasillo carcelario ilustra bastante bien el tema. Las siluetas en negro de los condenados, de los que llevarán siempre esta otra nominación dentro y fuera de la penitenciería, después de haber pagado ya sus culpas. En esto se muestra a la sociedad de aquel tiempo siempre con escepticismo. Allí están todos los que, con mayor o menor suerte, se han librado de encerrarse en rejas. Siempre existe ese prejuicio malsano de los que aprenden en los libros lo que no se enseña en las bibliotecas (siendo más exactos, en las escuelas). Ese tatuaje que llevan los personajes del cuento de Kafka y que es recordado por esas monstruosas máquinas despellejadoras. Vamos a comenzar por aquí, por los personajes en masa:
Los viajeros de aquel tren que se metamorfosea en juguete de vez en cuando (lo de “todos somos necesarios” desde luego no debería afectar a los encargados de maquetas) parecen estar corriendo la misma suerte que la de los protagonistas dejaron atrás: sin comerlo ni beberlo, se encuentran encerrados, atrapados, en este caso por el temporal de nieve. Aquí no hay teoría que valga, pues la gente no se transforma ni en este tipo de circunstancias: un niño cae enfermo y debe de ser intervenido de urgencia. El cirujano en la sala es uno de estos condenados, Alberto Closas. La multitud parece, por un momento, ablandarse (y permítaseme el fácil juego) con este bisturí de almas. No tardara la cosa en desmentirse, pues en cuanto se vuelve a saber que una cartera ha desaparecido, se vuelve al mismo camino: “Esta gente, por mucho que pase por la universidad…” Aquello se hacía de esperar, pues sucede otro comentario inoportuno antes de este cambio de actitud general que dice: “pues al final no van a ser estos tan malos…” El caso está claro en el padre de la criatura, un “capitalista” que va solo a por el dinero y que nada le importa su familia (tan solo cortejar a la secretaria, que va también en el viaje). Esta cierta doctrina del régimen que, por sus mismos ideales, se permitía atacar al capital y a su vez atacar al comunismo, resulta un tanto curiosa. Como bien quedó claro en “Surcos”, el capital se persigue porque es lo que seduce a los habitantes de los pueblos para abandonar su lugar, su “tradición”.
No solo la cárcel les persigue sino la propia moral como individuos, que les acaba pesando psicológicamente, les describe como inútiles para lo que servían. Closas, por ejemplo, es un cirujano que ha sido encarcelado por una demanda interpuesta por la familia del último paciente que no puedo salvar. “Sabía que había un noventa por ciento de posibilidades de fracaso en la operación…” se lamentaba. Necesitaba, por tanto, superar esa barrera que le sugestionaba, que le hacía pensar que había fracasado como cirujano. Desde luego, ya no hay criminales tan caballerosos y elegantes como el señor Closas (así como un culpable tan bien avenido como en “Muerte de un Ciclista”).
Destacar también a Folco Lully, un actor que tenía yo ya en mi memoria por su papel protagonista en “El hereje”. Su aspecto rudo le condenó en este caso a ser este ateo de mal vestir y descuidado en formas (el prototipo de hereje, vamos- nótese la ironía). Sin embargo, hay una bondad siempre que deslumbra desde la primera escena, que escapa de la pantalla al espectador (automáticamente enemistándolo con los personajes ya mencionados del tren que no consiguen ver más allá del maniqueísmo cinematográfico). Su origen real como actor y su otro origen creado hacen de él un italo-vasco muy curioso. Del otro pobre diablo (el que sufre una crisis en su matrimonio) poco me cabe decir en referencia a sus dos compañeros. Realmente pasa casi inadvertido, en la línea del cura que con sus mejores propósitos se ofrece para operar al improvisado paciente (y eso que son “protagonistas secundarios”).
Nieves Conde pasó, con este tipo de propuestas, de ser considerado un director oficial (con filmes como “Balarrasa”- de 1950) a un realizador difícil. Con “El inquilino” (1958) sufrió primero la prohibición y después el permiso con numerosos cambios y cortes. Más adelante, comenzó ya el declive para el público (verdadero juez sin causa).
Lo cierto es que ahora no se justifica la excesiva dureza impartida por la ley pero tampoco de ningún modo una mayor atención por delante de las propias víctimas. Es una reflexión que deberíamos constantemente de plantear, pues esta balanza de la “Lex” cuida la venda pero pierde a veces el pulso con los platillos al tratar de nivelar excesivamente. No olvidemos que tanto el cine como la crítica están hechos de una época.

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