lunes, 24 de octubre de 2011

PINA, Wim Wenders


Por Silvia Martín

Es distinto ver una película filmada en 3D, el espacio que se ve es mayor, y esto siempre está bien, es como tener delante el escenario de un teatro, pero mejor porque la cámara se mueve, se cierra o se abre para llevarte al centro de interés, así es mucho más fácil la comprensión y es más eficaz visualmente, más impactante.
El homenaje a Pina Bausch, es hecho por bailarines que han trabajado con ella como coreógrafa, a los que decía cosas como: desmelénate más, o baila por amor, o cuáles son tus anhelos, de los que salen tus deseos, o  hazme un movimiento de alegría, y de él surgía una escena. Era una persona que los engrandecía y a la vez sentían como ellos le engrandecían a ella, de esas personas que se quiere que permanezcan siempre. Cuando ésto se da en la profesión donde se entrega tanto tiempo y esfuerzo, es fantástico.
Ver a los bailarines ,que moviendo su cuerpo consiguen escenificar lo que se proponen, parece increíble, por dificultad. Es como un don que han trabajado sin descansar y entregándose al máximo. Y además, escenificando en conjunto con otros bailarines a la par. ¡Qué expresión!.
Wim Wenders es un cineasta alemán que desde 1970 está dirigiendo películas con gran maestría, como “Alicia en las ciudades“ del 73, “El amigo americano” del 79, “El estado de las cosas” del 82, “París, Texas“ del 84, “El cielo sobre Berlín” del 87, y ha seguido haciendo más, hasta ahora, que no he visto, pero ya veré.



jueves, 11 de noviembre de 2010

OBSESIÓN POR “VÉRTIGO”


Por: Javier Mateo Hidalgo


Si tuviese que realizar anualmente un ranking sobre un número de películas favoritas (pongamos tres), la película de Hitchcock “Vértigo” no bajaría un escalón de su número uno. Que mis gustos y mi criterio vayan variando con el tiempo dan más mérito a esta fidelidad hacia una película que no suele citarse a la hora de hablar del genio del suspense. Está injustamente infravalorada, a mi juicio. Las películas psicológicas deberían de ser las mejores a la hora de interesar al público en la trama. ¿Necesitamos que nuestra expectación se genere justo entre susto y susto? ¿Hoy en día en qué se ha quedado el efectismo como arma de seducción para un público cada vez más exigente? En “Vértigo” se juega precisamente con las apariencias, con ese nunca saber qué es lo que puede estar pasando hasta el final de la obra. Hitchcock juega con el espectador como si de su personaje, Scottie, se tratase. Le vuelve loco, le trastorna, le hace inquietarse como a él. Ese descenso al mundo de la locura es lo que de verdad importa en esta historia. Un proceso largo, pues uno no se vuelve loco de la noche a la mañana. Todo un mecanismo que supera las dos horas de metraje.
Hitchcock dijo sentir verdadera admiración por Luis Buñuel. De hecho, siempre se compara la escena del campanario de “Él” con la de este filme. Un campanario de las Misiones de San Juan Bautista, casi tan mexicano como el del filme del director aragonés. El forcejeo de Stewart en un intento desesperado por conducir al mismo estado a Novak, a hacerla comprender usando la fuerza, resulta casi de un paralelismo atroz para con el otro de Ernesto Alonso. Los celos, en este caso, pueden volvernos locos. Al fin y al cabo, hablamos de obsesiones. Obsesión por una mujer.
El tímido y bonachón Stewart, parece del gusto de directores sádicos que buscan comprometerle para hacerle revolverse contra ese mundo que le oprime. De padre de familia justiciero en “Qué bello es vivir” pasando por sheriff defensor del orden en “Los Malvados de Silver Creek”. En el filme de Hitchcock, puede parecernos incluso indeseable cuando trata de fetichizar a su “mujer fantasma”. Debemos de comprender también, que ya no es él, que anda ya entre esos muertos a los que hace referencia el subtítulo de la película. Vaga tratando de volver cuerda a la locura, porque ya no busca a una mujer sino a “la imagen que tuvo de esa mujer” totalmente artificial.
Resulta increíble como Hitchcock consigue convertir esas novelas de kiosco y fin de semana en verdaderas potencias en todos los sentidos. ¿Quién sabe si de no ser por él hubiesen pasado sin pena ni gloria por este camino de la historia?
Ahora me asalta una duda que debo despejar: “¿Qué le pasa a Hitchcock con las mujeres?” Para él seguramente, haya tres tipos: La fatal o perversa, la ingenua o tonta sobre la que caen todas las desgracias y ella las asume con resignación, o la que trata de resarcirse de sus “pecados”, cambiar el rumbo de su vida, sin éxito.
Tengo otra pregunta: “¿Qué le pasa a Hitchcock con las mujeres y con los bosques?” Tal vez encontremos la respuesta en Freud: La mujer se rodea de falos (los árboles), como le sucede a Novak en “Vértigo” o a Marie-Saint en “Con la muerte en los talones” (North by NorthWest”). Realmente hay por su parte un intento de trasladar toda esta perversión al cine. Hoy en día resultaría indigesto, no podría hacerse (o resultaría una pérdida de tiempo porque nadie se percataría de ello). Él creía verdaderamente en ello, como quien cree en las imágenes subliminales. Volviendo al ejemplo de Marie Saint: en la escena final del filme, cuando por fin ella y Cary Grant consiguen escapar en tren, en el momento en que ambos se besan se observa cómo “penetran” en su vagón por el túnel. De nuevo, esa obsesión por las imágenes del inconsciente.
Otro ejemplo freudiano, en este caso con su “interpretación de los sueños”, lo encontramos en la pesadilla que tiene Stewart, donde todo se le mezcla antes de acabar en esa casa de reposo. Son los recuerdos también importantes (como cuando ella piensa en lo que verdad ocurrió en el día del campanario, haciéndonos a nosotros también partícipes) o en el momento en que ella y él se vuelven a reencontrar pareciendo los mismos del pasado, besándose mientras la cámara gira en torno a ellos y vemos como el fondo de la habitación se convierte en otro, en el del establo de San Juan Bautista. No hay un ejemplo de mayor maestría para hilar una historia constantemente creando un constante desengaño en el espectador. “Nada es lo que creías haber visto”.
"Vértigo” me produce lo que su título propone. Me sigue cautivando, no ha perdido un ápice de aquello que creí ver en su primer pase.

lunes, 8 de marzo de 2010

UN PROFETA Y CELDA 211: LA CONSTANTE CAÍDA DEL CABALLO

Por Javier Mateo Hidalgo



Si San Pablo de Tarso tuvo que caerse una vez del caballo para ver la luz de la fe, encontrar sentido a su vida y ver las cosas claras, creo que a estas alturas por mucho que me siga cayendo (de un caballo o de un burro) la mona dejará de vestirse de seda. He tenido la oportunidad de ver en menos de una semana dos películas de género carcelario: “Un profeta” de Jacques Audiard y la reina de los Goya 2010 “Celda 211” (después del otro producto de Telecinco, “Ágora). Si bien es cierto que la segunda, comparada con la primera, es algo totalmente edulcorado, al menos sí consigue mantener un ritmo de interés. El film francés nos oferta una especie de decálogo sobre “el posible ascenso de un hombre gracias a la cárcel”, extraña paradoja que nos hace pensar. El español es mucho menos pretencioso, pero consigue demostrar que la sencillez es un buen medio para captar la atención del espectador. Por esto mismo afirmo que nunca dejaré de sorprenderme. ¿Cómo puedo caer en algo tan bajo a estas alturas? Lo cierto es que esa “falsa humanidad” de la bondad de los presos frente a los malvados que se pasean por la calle con chaqueta y corbata con una mentalidad mucho más sucia consigue penetrar fácilmente gracias al melodrama (que por otra parte nos advierte de su propia ficción) y esto resulta doblemente peligroso. Audiard también tiene algo de esto, solo que en este caso los personajes pretenden ser más fieles a lo que verdaderamente sucede en los casos reales: una cierta deshumanización donde se pierde el principio original del que termina por corromperse, del que cambia absolutamente su vida por unas circunstancias forzosas (el encarcelamiento). Aquí podemos encontrar de nuevo similitudes, véase el caso de los personajes de Malik El Djebena (interpretado por Tahar Rahim) y Juan Oliver (Alberto Ammann), trastocados por el propio transcurso de las historias. En el fondo, quizás, la ganadora del premio César nos está hablando de una historia de mafias, a pesar de contar la historia de este musulmán que acaba haciéndose amigo de los corsos. Por eso, una sucesiva tanda de “encargos” por los que ha de pasar el aspirante a mafioso puede acabar por saturarnos. No es necesaria la pormenorización de todas las vicisitudes y, sin embargo, se incluyen hasta la extenuación una tras otra. Incuso los momentos más oníricos son mal transportados a este ambiente, resultando incluso molestos dentro de esta fábula de incorrecta moraleja.
En cualquiera de los casos, la corrupción acaba volviéndose necesaria, pero la encontramos sin embargo injustificable en los funcionarios de prisiones. Esta idea de estado desvirtuado acaba dando la razón a los que se vuelven “molestos en él” porque no bajan la cabeza ante él, porque saben más como cocineros que como frailes.
A pesar de un guión mucho más primitivo, la “Celda” consigue de mí lo que la sofisticación del profeta debería de llevar en sus ventajas de calidad (y no olvidemos que el guionista es vasco y algo debería de arrastrar de nuestro atraso). Por eso digo que no dejo de sorprenderme. En una conseguí desconectarme de la historia, mientras que en la otra ni siquiera me planteé sin estaba o no conectado.
Ninguna de las dos historias me informó de nada extraordinario, pero tampoco lo buscaba. Sabía a lo que iba. Una especie de estudio desde una tarea inventada y nunca impuesta. Una especie de negociador, por decirlo de alguna forma, que traspasa un umbral con pie firme, sabiendo al juego al que se enfrenta. No dejándose engatusar por este “oro y el moro” que acabó siendo del que cagó el mismo señor otras tantas veces.
De Daniel Monzón poco puedo decir. Un director en cuyo currículum se encuentran obras como “El robo más grande jamás contado” y críticas de dudoso gusto (como aquellas que utilizó para ensañarse contra películas como “El detective y la muerte”- película, a mi juicio, de mayores aspiraciones cinematográficas que las que él plantea en historias como “El corazón del guerrero”). De Audiard podemos incluir aquello de que “de casta le viene al galgo”, por lo de la excelente labor que su padre (Michel Audiard) desempeñó como guionista. Creo que las comparaciones son odiosas, por eso me limito a no engrosar más mi lista (negra o blanca, depende del ojo con que se mire) y dejar claro lo de que “las opiniones vertidas…” sigan al menos en la línea en la que he decidido mantenerme.

jueves, 4 de marzo de 2010

PERROS DE PAJA (STRAWDOGS). SAM PECKINPAH, 1971

Por Javier Mateo Hidalgo



Si Garci consideraba su “Luz de domingo” un western asturiano, bien podríamos atrevernos a asegurar que la modernización de un género tal solo podría venir de manos de aquel que bien lo conoció y supo aprovechar sus últimas bocanadas, estertores o coletazos: Peckinpah.
El personaje que encarna este Dustin Hoffman de primera comunión, es un David Summer totalmente descontextualizado, traicionado en este entorno hostil hasta por su pareja sentimental, Amy, una Susan George deslumbrante y cegadora, desconcertante para la pérdida de los cinco sentidos (comunes). Este estudiante matemático se enfrenta a estas fuerzas irracionales, hechas de tripas y whisky. Quizá su comportamiento llegue a escamarnos, nos enerve hasta límites insospechados. Justamente la coherencia nos resulta antipática, democráticamente insoportable en esta pequeña villa londinense.
Lo cierto es que Strawdogs resulta completamente hostil para los malacostumbrados que precisan de cintas-transición como “El valle de la violencia”, “Los malvados de Silver Creeck” o la misma “Grupo Salvaje” del propio director. Esa violencia que nada intimida, que se convierte en mecánica de acción edulcorada: esos valientes que mueren con las botas puestas, que se cuentan por miles (tantos como los que caen en una batalla totalmente despersonificada, donde lo que habla es la masa de indios y vaqueros). Aquí no, aquí en este grupo de cinco perros de paja, los rasgos de estos cinco rostros son perfectamente descriptibles. Aquellos que engañan a un solo hombre, aquellos que no son por tanto, tantos aguerridos luchadores. Los que se enfrentan contra uno, resultan más creíbles que los quinientos contra el mismo contrincante (por mucho que el atrevido retador conozca de la filosofía oriental y sea capaz de dominar con su cuerpo tantas fuerzas opuestas que sobre él se ciernen).
El valiente vaquero, o, al menos, el parsimonioso personaje, hace uso de la típica frase: “Prepárame café”. Cuando debe enfrentarse a una empresa, lo único que sale de su experimentada boca es la orden educada de tomar cafeína (fenomenal para controlar los nervios, todo sea dicho de paso). Bueno, creo que este comentario es injusto ¡pero es que me retrotrae a tantas películas…! Es, no sé, como una voz unificadora de tantos dobladores que uno recuerda y que desearía volver a escuchar… A veces, para mantener vivo el recuerdo, tengo el capricho de ver una película doblada para capturar de nuevo la misma sensación que de niño sentí… la obra completa (tal como yo la concebía).
Verdaderamente, volviendo a lo anterior, es esta estoicidad digna de algunos especímenes (dicho con cariño) de la vida real. La hija de mi tío, cuando pequeña, le preguntaba como duda ante este personaje a resolver: “Papá ¿este señor es tonto?”
Bueno, finalmente no es tanta la tontería tonta junta. Sin embargo, así como aparece en un primer momento un personaje femenino infantil, provocador, vamos observando a lo largo de su historia cómo este descubre que a veces, los juegos, en la edad adulta, son bastante peligrosos. Sigue resultando, aún así, un personaje imán de odios para los espectadores. Es la perdición, junto a aquella casa de campo en las afueras y aquel personaje grandullón y atontolinado, del protagonista.
Respecto a los ingenios técnicos, cabe destacar el montaje machacador en la psicología de la muchacha profanada. Eso de la violencia directa y explícita, no lo lleva bien el director. En lugar de la salsa de Ketchup, opta más bien por narices de sátiro, risas indigestas y reducción del campo de seguridad. Los juegos crueles de los “amenazadores invitados a sueldo” también ayudan a esta angustia que, con mayores o menores pasos, va acrecentándose en intuitivos avisos de lo que puede que suceda.
Peckimpah, en todos los sentidos, es una bestia cinematográfica, y los demás, presas fáciles.

http://aura-archangemaudit.blogspot.com/2008/05/sam-peckinpah-visto-por-gonzalo-surez.html

martes, 2 de marzo de 2010

Heavy Rain, una película interactiva

Por Luz Quiñonero


Éste es un tema que quería abordar y no encuentro mejor momento para hacerlo que ahora que acaba de salir Heavy Rain.
Se trata de un videojuego que nos propone ser protagonistas de lo que casi puede considerarse una película. Muchos habremos leído novelas de “busca tu aventura”, en los que decides entre varias opciones al acabar el capítulo y te envían a diferentes páginas para continuar. En videojuegos ya hemos visto algunos similares, el más sonado su predecesor: “Farenheit”, de la misma compañía.
En este caso nos encontramos con una historia tipo thriller donde controlamos a varios protagonistas que rodean un caso de asesinatos en serie: un padre preocupado por su hijo, un agente del FBI, un investigador privado y una chica; y otros personajes menores. Lo que hace destacar a este videojuego es su gran narración pseudo-cinematográfica. Dentro de cada escena uno puede controlar su personaje y “cambiar de cámara” para facilitar la jugabilidad, y esto se combina con vídeos interactivos donde cada pulsación y movimiento del mando (generalmente coherentes con la acción) tiene su repercusión. Todo lo que hagamos o dejemos de hacer tiene consecuencias en la historia, y en ningún caso se detiene ocurra lo que ocurra a los personajes. The show must go on.
Desglosando un poco la historia, nos encontramos con recursos de ritmo tipo argumental muy normales: violencia, acción, sexo (light)... Pero sin duda lo que otorga mayor ritmo al juego es que tú mismo puedes imprimirle ritmo: adelantar acontecimientos o alargar charlas depende de ti.
Visualmente apreciamos todos los planos habidos y por haber, enfoques selectivos combinados con profundidad de campo, claves altas y bajas según la escena, angulaciones, cambios rápidos de cámara en las escenas de acción (hasta las decisiones con el mando son más complicadas mientras se mueven por la pantalla) y secuencias más detenidas en otras situaciones... un sinfín de recursos. Hay ocasiones en las que la imagen se divide para mostrarnos varios eventos simultáneos a la vez, y consiguen generar una tensión especial. Quizá los gráficos algo desfasados en ciertos casos como el movimiento de los cuerpos te sacan un poco de contexto, pero cualquiera que no lo juegue y solamente lo vea podría estar contemplando la miniserie del momento. La banda sonora contribuye genialmente y el doblaje es un poco variopinto pero bastante bueno.
¿Acaso estemos contemplando un nuevo género en el cine, híbrido de videojuego? Me gustaría imaginarlo en pantalla grande.

viernes, 26 de febrero de 2010

TODOS SOMOS NECESARIOS. JOSE ANTONIO NIEVES CONDE (1956)

Por Javier Mateo Hidalgo



El título de esta película es esclarecedor para una información previa en el espectador. La importancia de la nominación en cine puede serlo en mayor o en menor medida, con más o con menos ojo, con intención poética siempre. Así por ejemplo, titular fácilmente por el tema una obra puede suceder en ciertos casos. Por ejemplo: “El milagro de Fátima” o “Don Quijote de la Mancha”. Sin embargo, puede emplearse para la misma tarea un análisis de otro tipo, véase “El loco del pelo rojo” por Van Gogh o “Esmeralda la Zíngara” para El Jorobado de Notre Dame. Un caso que efectivamente se ha dado por partida doble es el de “Cielo sobre el pantano” para el mismo tema que la película “Santa María Goretti”. No quiero explayarme mucho más, tan solo dar importancia a algo que nos introduce o no en el cine en muchos casos.
Después de “Surcos”, Nieves Conde ataja de nuevo un problema creado por la sociedad en los hombres. La primera imagen (acompañando a los títulos” de un río de presos atravesando un pasillo carcelario ilustra bastante bien el tema. Las siluetas en negro de los condenados, de los que llevarán siempre esta otra nominación dentro y fuera de la penitenciería, después de haber pagado ya sus culpas. En esto se muestra a la sociedad de aquel tiempo siempre con escepticismo. Allí están todos los que, con mayor o menor suerte, se han librado de encerrarse en rejas. Siempre existe ese prejuicio malsano de los que aprenden en los libros lo que no se enseña en las bibliotecas (siendo más exactos, en las escuelas). Ese tatuaje que llevan los personajes del cuento de Kafka y que es recordado por esas monstruosas máquinas despellejadoras. Vamos a comenzar por aquí, por los personajes en masa:
Los viajeros de aquel tren que se metamorfosea en juguete de vez en cuando (lo de “todos somos necesarios” desde luego no debería afectar a los encargados de maquetas) parecen estar corriendo la misma suerte que la de los protagonistas dejaron atrás: sin comerlo ni beberlo, se encuentran encerrados, atrapados, en este caso por el temporal de nieve. Aquí no hay teoría que valga, pues la gente no se transforma ni en este tipo de circunstancias: un niño cae enfermo y debe de ser intervenido de urgencia. El cirujano en la sala es uno de estos condenados, Alberto Closas. La multitud parece, por un momento, ablandarse (y permítaseme el fácil juego) con este bisturí de almas. No tardara la cosa en desmentirse, pues en cuanto se vuelve a saber que una cartera ha desaparecido, se vuelve al mismo camino: “Esta gente, por mucho que pase por la universidad…” Aquello se hacía de esperar, pues sucede otro comentario inoportuno antes de este cambio de actitud general que dice: “pues al final no van a ser estos tan malos…” El caso está claro en el padre de la criatura, un “capitalista” que va solo a por el dinero y que nada le importa su familia (tan solo cortejar a la secretaria, que va también en el viaje). Esta cierta doctrina del régimen que, por sus mismos ideales, se permitía atacar al capital y a su vez atacar al comunismo, resulta un tanto curiosa. Como bien quedó claro en “Surcos”, el capital se persigue porque es lo que seduce a los habitantes de los pueblos para abandonar su lugar, su “tradición”.
No solo la cárcel les persigue sino la propia moral como individuos, que les acaba pesando psicológicamente, les describe como inútiles para lo que servían. Closas, por ejemplo, es un cirujano que ha sido encarcelado por una demanda interpuesta por la familia del último paciente que no puedo salvar. “Sabía que había un noventa por ciento de posibilidades de fracaso en la operación…” se lamentaba. Necesitaba, por tanto, superar esa barrera que le sugestionaba, que le hacía pensar que había fracasado como cirujano. Desde luego, ya no hay criminales tan caballerosos y elegantes como el señor Closas (así como un culpable tan bien avenido como en “Muerte de un Ciclista”).
Destacar también a Folco Lully, un actor que tenía yo ya en mi memoria por su papel protagonista en “El hereje”. Su aspecto rudo le condenó en este caso a ser este ateo de mal vestir y descuidado en formas (el prototipo de hereje, vamos- nótese la ironía). Sin embargo, hay una bondad siempre que deslumbra desde la primera escena, que escapa de la pantalla al espectador (automáticamente enemistándolo con los personajes ya mencionados del tren que no consiguen ver más allá del maniqueísmo cinematográfico). Su origen real como actor y su otro origen creado hacen de él un italo-vasco muy curioso. Del otro pobre diablo (el que sufre una crisis en su matrimonio) poco me cabe decir en referencia a sus dos compañeros. Realmente pasa casi inadvertido, en la línea del cura que con sus mejores propósitos se ofrece para operar al improvisado paciente (y eso que son “protagonistas secundarios”).
Nieves Conde pasó, con este tipo de propuestas, de ser considerado un director oficial (con filmes como “Balarrasa”- de 1950) a un realizador difícil. Con “El inquilino” (1958) sufrió primero la prohibición y después el permiso con numerosos cambios y cortes. Más adelante, comenzó ya el declive para el público (verdadero juez sin causa).
Lo cierto es que ahora no se justifica la excesiva dureza impartida por la ley pero tampoco de ningún modo una mayor atención por delante de las propias víctimas. Es una reflexión que deberíamos constantemente de plantear, pues esta balanza de la “Lex” cuida la venda pero pierde a veces el pulso con los platillos al tratar de nivelar excesivamente. No olvidemos que tanto el cine como la crítica están hechos de una época.